Claudio Magris El Mundo
Al comienzo de uno de los más importantes cuentos de Borges, El Aleph, el protagonista sale del hospital donde
acaba de morir Beatriz, su amada, y nota que en la pared de enfrente ya no luce
un gran anuncio de una marca de cigarrillos rubios. Y tiene una corazonada,
porque entiende que el mundo está cambiando; ya no es su mundo, ya no es un
mundo para encontrarse y comprenderse.
No sólo el espacio, el tiempo también separa. El mundo cambiará, pero yo no
cambiaré, se dice el protagonista enamorado de la historia de Borges, que sigue
cortejando a su amada perdida; sigue celebrando sus cumpleaños, tratando de
ganarse la simpatía de los que pudieron ser sus suegros, para que lo continúen
invitando a cenar. Porque el tiempo no siempre logra separar. Seguimos
dialogando con nuestras compañeras y compañeros que nos han dejado atrás o que
se han quedado en algún lugar. Discutimos con ellos, nos acercamos y nos
alejamos de ellos, nos enfadamos con ellos y nos volvemos a acercar.
Hace unos días pensaba en un amigo mío desaparecido desde hace un par de
años, cuya historia y visión de la vida se entrelazan con la mía, en un diálogo
hecho de afinidades y diferencias, incluso profundas, pero siempre en verdadero
diálogo. De repente, sentí que había llegado a un límite, lo que me dificultó
encontrarme con mi amigo, aunque sólo fuese en mi mente, como suele suceder
casi siempre.
El coronavirus había erigido una pequeña frontera entre nosotros, porque él
no lo había conocido ni vivido y no podía imaginar su actitud ante una
condición totalmente nueva. De repente, no era su interlocutor, como lo había
sido hasta hacía unas semanas. Me preguntaba cuál podría haber sido la relación
entre dos amigos, uno de los cuales hubiese sobrevivido a la Shoah y el otro
hubiese muerto antes de que pudiera imaginarla. El virus también puede cambiar
las relaciones mentales con aquellos que no lo han experimentado, ya que en las
novelas de Joseph Roth se puede sentir profundamente la distancia entre los que
murieron antes y los que siguieron viviendo después del final del Mundo de ayer cancelado por la Primera Guerra
mundial.
Frente a tantas rupturas epocales, que han separado los mundos de unos y
otros, la pandemia puede parecer relativamente modesta, aunque para los que
mueren y para sus seres queridos que siguen viviendo el resultado sea el mismo.
Estos días, con la fase 2 [equivalente a la fase 1 en España], y con el intento
de retomar nuestra pequeña libertad errante, experimentamos una sensación de
liberación todavía un poco incrédula, casi de felicidad, aunque el viento
marino que azota tu cara mientras caminas por sus orillas no disuelve la
obsesiva e ininterrumpida fijación de palabras, imágenes y disputas sobre el
virus, que también lo convierten en un tirano de nuestros pensamientos.
Un tirano que, como todos los demás, no quiere que pensemos en otra cosa
que no sea él y que hablemos de otra cosa que no sea él. Toda amenaza seria,
toda angustia es una caricatura perversa que repite palabras que una vez fueron
sagradas: «No tendrás más Dios que yo». La relativa –como es lógico– salida de
estos días parece tener lugar de una manera responsable, respetando las normas,
sabiendo el peligro que todavía se cierne sobre nosotros y con una pizca de ese
deseo de hacer novillos de vez en cuando, que es más saludable y más productivo
que la fijación de la pandemia.
Incluso antes de esta apertura gradual –con la que las autoridades
responsables del Gobierno y de las regiones dan muestras de haber tomado una
medida inteligente–, las horas más bellas del día, según me cuentan amigos de
Milán y otras ciudades, eran los paseos que se les permitía hacer hasta sus
oficinas, agradeciéndolo todavía más, si la distancia era considerable y les
permitía redescubrir su propia ciudad.
No podemos saber lo que nos espera y, aunque no seamos propensos a creer en
las profecías –que son siempre profecías de desgracia, porque ése es su deber–,
no podemos pretender ignorar que lo peor y lo trágico puede que no esté detrás
de nosotros, sino por delante. Una pesadilla que se refiere y se referirá más a
la supervivencia que a la vida y que tendrá el rostro de la miseria de muchos,
porque las necesarias e ineludibles medidas que se han adoptado han favorecido
inevitablemente ciertas actividades en detrimento de otras, los supermercados
han ganado y los restaurantes y otros negocios han perdido.
Una Italia que renace de sus propias cenizas en una Europa obtusa tendrá
que lidiar –tendremos que hacerlo– quizás más con el bolsillo que con la salud,
porque al final son lo mismo y una vida humillada en sus necesidades más
básicas es una desgracia no menos importante que una enfermedad grave. Y a esta
humillante desgracia parecen destinados muchos de nosotros, demasiados.
Pero a pesar de todo, el Evangelio invita, quizás incluso nos ordene, a no
pensar demasiado y sólo en el mañana. En cada mañana, incluso en las mejores,
siempre hay muerte. Como dicen en mi terruño, ‘morir se debe, morir es sano,
enseña el culo, marrano’.
Claudio
Magris, escritor, traductor y profesor de la Universidad de
Trieste.
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