miércoles, 1 de febrero de 2012

Wisława Szymborska (2 julio 1923 - 1 febrero 2012)

CONVERSACIÓN CON UNA PIEDRA

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Quiero penetrar en tu interior,
echar un vistazo,
respirarte.

—Vete —dice la piedra—.
Estoy herméticamente cerrada.
Incluso hecha añicos,
sería añicos cerrados.
Incluso hecha polvo,
sería polvo cerrado.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Vengo por mera curiosidad.
Sólo la vida permite satisfacerla.
Quisiera pasearme por tu palacio,
y luego visitar una hoja y una gota de agua.
No me queda mucho tiempo.
Mi mortalidad debería ablandarte.

—Soy de piedra —dice la piedra—.
Imposible perturbar mi seriedad.
Vete,
no tengo músculos risorios.
Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
Me han dicho que encierras salas enormes y vacías,
nunca vistas y bellas en vano,
mudas, donde nunca han retumbado los pasos de nadie.
Confiésalo: ni tú misma lo sabías.

—Salas enormes y vacías —dice la piedra—.
Pero no hay espacio disponible.
Bellas, quizá, pero no para el gusto
de tus limitados sentidos.
Puedes verme, pero nunca catarme.
Mi superficie te da la cara,
pero mi interior te vuelve la espalda.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
En ti no busco refugio para la eternidad.
No soy desdichado.
Ni carezco de techo.
Mi mundo merece el regreso.
Quiero entrar y salir con las manos vacías.
La prueba de haber estado en ti
se limitará a mis palabras
en las que nadie creerá.

—No entrarás —dice la piedra—.
Te falta sentido de la participación.
Y no existe otro sentido que pueda sustituirlo.
Incluso la vista omnividente
te resultará inútil si eres incapaz de participar.
No entrarás; ese sentido, en ti, es sólo deseo,
mero intento, vaga fantasía.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.
No puedo esperar mil siglos
para estar entre tus paredes.

—Si no crees en mis palabras —dice la piedra—,
acude a la hoja, que te dirá lo mismo que yo,
o la gota de agua, que te dirá lo mismo que la hoja.
Pregunta también a un cabello de tu cabeza.
Estoy a punto de reír a carcajadas,
de reír como mi naturaleza me impide reír.

Llamo a la puerta de una piedra.
—Soy yo, déjame entrar.

—No tengo puerta —dice la piedra.




3 comentarios:

  1. Extraordinaria poetisa. Aquí un par de muestras.

    http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_autor&id=261

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  2. Tal y como dice la autora, a los seres humanos nos falta 'sentido de la participación'. Puede que ésta sea la causa de nuestra terrible soledad, de la falta de comunidad en todos los aspectos de nuestra vida. Tenemos una maravillosa y compleja facultad, el lenguaje, y nos comunicamos los unos con los otros de manera muy escasa e insuficiente.

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  3. Efectivamente, como dices Ricardo, da la sensación que esta facultad que tenemos y con la que creamos, de hecho, la realidad, fuera como un don desaprovechado. Pero es curioso como Szymborska, en este poema tan filosófico, quiere traspasar los límites de la realidad. El viernes Antonieta y yo reflexionábamos sobre este poema, que a ella le parecía surrealista, y yo le comentaba sobre la magia de la ficción literaria; cómo es capaz de traspasar el límite de lo real, imaginando y creando mundos donde las piedras hablan con los humanos. Desde el principio sabemos que el interlocutor no va a poder entrar, a pesar de los argumentos con los que la piedra es interpelada (la curiosidad, la finitud, el puro capricho en definitiva). Los sentidos no son suficientes para ir más allá de lo que hay. Nietzsche, reflexiona en 'Verdad y mentira en sentido extramoral' sobre la precariedad de nuestra inteligencia y cómo a través de ella es imposible alcanzar la verdad. Dice así: "... cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza. Hubo eternidades en las que no existía; cuando de nuevo se acabe todo para él no habrá sucedido nada, puesto que para ese intelecto no hay ninguna misión ulterior que conduzca más allá de la vida humana. ... En realidad, ¿qué sabe el hombre de sí mismo? ¿Sería capaz de percibirse a sí mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada? ¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo, de modo que, al margen de las circunvoluciones de sus intestinos, del rápido flujo de su circulación sanguínea, de las complejas vibraciones de sus fibras, quede desterrado y enredado en una conciencia soberbia e ilusa?"

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